Importante
Monday, November 26, 2007
El Pueblo Silencioso
Que repulsivo es y a la vez triste que los labios de nuestro pueblo hayan enmudecido y no se oiga más flotando en este sórdido ambiente de subdesarrollo y anarquía, el canto de todos; cuando el niño, la mujer y el anciano dispensarían generosos, la alegría del alma en un himno solidario formidable que incendiara de amor y patriotismo al hermano obrero, al hermano campesino, a la hermana esposa incitándoles a la lucha consciente por conquistar un trocito de mundo mejor para poder vivir y no se hiciera mas este silencio que se extiende, virulento y nocivo, como vaho sutil sobre la piel de la nación.
Ya no se oye la palabra de ánimo, cordial y contemplativa, la frase encantadora que seduce y hace brotar del alma el respeto y la profunda admiración por la belleza; todo ha fenecido en el labio con rigidez de muerto que no deja pasar el sonido, esa voz, perfume exquisito de la vida del hombre que alguna vez fue trueno, vibración sublime nacida de las honduras del alma del héroe quien sobrecogido por alegría genuina y viril entregó en los brazos de un anhelante padre, al amado hijo quien momentos ha, se debatía en los brazos de la muerte; y él, tuvo la osadía de salvarle ocultando su decir tras la niebla de la modestia, con la humildad característica de los grandes, en un honorable silencio, este silencio que es la perfecta comunicación con un complacido Padre Celestial.
Y llega como melodioso recuerdo la imagen de aquella hermosa señora a los pies de su hijo desangrado en el madero, presa la pobre de terrible sufrimiento, esperando que el hombre niño exhale su postrer suspiro, porque ella, ya no quiere verle en medio de aquel dolor atroz causado por el embravecido oleaje de la ignorancia. Y, ante tal ingratitud, no pudo clamar al cielo por el amado príncipe del amor, y calló, consumiendo en segundos interminables la luz de su gloria como la progenitora de un hijo divino, sublimando así, en su silente pena, el sentimiento sagrado y purísimo que llena el alma de todas las madres del universo.
En un momento, yo también callé, avergonzado de mis torpezas. No pude más que guardarme en un comedido silencio porque el error, me había sumergido en la densa oscuridad de la vergüenza; es que era bien hacer, por decoro y condición de hombre callar cuando nada podía hacer desaparecer la huella del deterioro causado por mi ignominiosa conducta.
Y me conmueve siempre, al extremo el alma de médico, cuando veo, impotente, cómo la muerte se acerca lentamente al niño enfermo; y éste, se queda quieto, dormidito el pobre en los brazos del dulce ángel que le lleva al reino de Dios. No puedo mas que mirar al suelo, resignado y guardar, respetuoso, el mas profundo silencio…
Y, cuando tras los barrotes de una prisión, un joven ve a su padre con la faz ensombrecida por una honda tristeza venida de la más cruel decepción al mirar a su muchacho en aquel tenebroso lugar, victimado por su propio salvajismo. ¿Qué decir en ese momento, cómo podría uno oponerle reparo a una realidad de tal magnitud? Solamente callar…El cuchillo clavado hasta la empuñadura, seguirá ahí y nada ni nadie aliviaría la cruel tortura, porque tal silencio, es hermano del martirio. Igual sucede en el corazón paterno cuando aquella a quien cuidó desde niña, la ve de pronto, cabizbaja y avergonzada, con su honra mancillada por la irresponsabilidad, llevada por su naturaleza brutal hasta la ausencia del amor verdadero; ahí, como clavada en el piso, sin poder dar un paso, estrujada por dentro por la vileza cometida, sin saber qué hacer o que decir ante el fruto de su incontinencia y falso orgullo.
Pero, no hay nada comparable en cobardía, crueldad e impudencia que el vergonzante mutismo de nuestra sociedad, hoy envilecida por la violencia, la insensibilidad y abandono, totalmente reñida con la virilidad y con los principios honorables rectores de toda estima y respeto de la propia dignidad, al decidirse por el patrón, por el dueño de los dineros y conciencias quien por muchos años habrá de seguir con su reluciente bota sujetando el cuello de un pueblo que ya no grita, que no tiene voz para decir: ¡Basta ya!. Ese señor oropelado con ancestrales alcurnias llevando en sus genes, la prepotencia del siempre mal habido poder, de esa autoridad que arrebató al honesto y utiliza como la vara del boyero en la yunta que por el peso del yugo, no puede levantar su mirada al cielo desde el cual llueve luz de estrella, luna y sol de libertades infinitas; yunta siempre en silencio, silencio de culpa íntima, consciente; abstención de hablar del ciudadano incapaz de sentir el amargo sabor de su ignorante proceder al permitir que, a su antojo, unos cuantos, hacedores de pobreza, manipulen a cientos de miles de corazones sencillos que le dan vida a un pueblo que merece el fruto de una verdadera independencia y la frescura de una paz no adulterada por el grotesco facsímile elaborado por el taimado político advenedizo quien, siendo de humilde origen pretende figurar entre la hipocresía de una alta sociedad. Porque nuestra amada república es digna del eterno festejo musical de nuestros arroyos, de ese imponente mar que va sin estorbo alguno, siempre bravío y tierno cual amoroso hijo legítimo, a depositar segundo a segundo, una corona de blanquísima espuma sobre la piel de nuestra Patria salvadoreña que no puede, de otra manera, ser honrada sino con la nívea simplicidad de la belleza natural.
¡Vaya castigo más cruel para nosotros, hoy, que la lengua se aquietó y parece que jamás habrá de rebelarse! ¿Y cómo habría de hacerlo si la pedantería, intoxicada con el mas dañino engreimiento se codea servil con la cohonesta dirección nacional?
¿Dónde está tu grito, hermano revolucionario, aquel que se incrustó como pilar de fuego en el corazón de los simples fructificando en esperanzas, estados de ánimo que hoy se ven, por doquier, como flores marchitas en un desierto? Porque hoy, cuando sufrimos la peor contienda, cuando en verdad necesitamos de tus manos, te has dedicado a esas extraordinarias demostraciones de ira fugaz, de esa valentía callejera impropia de quienes un día, tuvieron un nobilísimo ideal. Hoy, demasiado tarde y demasiado lejos de la realidad de la república es imposible que te hagas entender por una patria a quien dejaste en manos del predador y se revuelve en inquietudes dolorosas asfixiándose en este clima de crimen y degeneración.
¿Por qué tu lengua, hermano pastor, sacerdote sigue articulando palabras silenciosas que de tanto escucharles se volvieron incomprensibles para un pueblo que anhela saber quien es ese dulce Cristo que mora en las profundidades del alma; cómo llegar a Él y amarle? Nadie más que tú, has sostenido con tus manos en incontables ocasiones la espada de la verdad; y, sin comprender el tesoro que se te hubo de confiar, has dedicado tu corta existencia a la siembra de ilusiones cuando deberías de cultivar, en todos los corazones, la realidad. Mira cómo la ignorancia cabalga en el corcel de la necesidad, frenética y desordenada por nuestros caminos, porque no hay voz de varón alguno, adalid, patriota luminoso y gentil que detenga la carrera de la bestia que mina apetitos y voluntades de gloria, desarrollo y progreso. ¡Ah!, pueblo mío, tus labios mustios oxidados por siglos de sumisión son ya, incapaces de articular el estruendoso grito de guerra que haga temblar a la ratería institucionalizada en un honroso campo de batalla donde habría de luchar, el ciudadano de carácter y el espantajo fabricante de obsolescencias y mentiras que siempre ha pretendido apabullar con su falso esplendor, al temperamento bueno y sencillo de nuestra gente.
Se que hay muchos que sienten lo mismo y sueñan, se ven en esos campos de la imaginación librando justas de honor defendiendo la integridad de la república, su hogar, ofreciendo su sangre de caballero formidable, de patriota decente y bueno en aras de un mejor lugar para vivir; pero sus pensamientos, son humito de leña verde que se quedó prisionero, enclaustrado y medroso en los laberintos de la mente, como la semilla estéril en la tierra de la que jamás saldrá un tierno brote de vida nueva que contemple extasiado la primorosa claridad del sol; como esos niños que mueren en el vientre materno asesinados por voluntades erradas. ¡Esto, no debe suceder! ¿Creen ustedes que mis pensamientos e ideas quedan, y reprimidos por la cobardía no salgan como hormigas furiosas a defender su territorio? Pues no es así, nunca he de permitir que mi palabra se atore en los recodos de la ignorancia, tiene que ser como un torrente, un río avasallador que irá, cuesta abajo, inundando con la frescura de un amor y conocimiento humilde, esas zonas desérticas y vacías del pensamiento hermano, de todo aquel que, curioso, se detenga a escuchar mis palabras y se alegre su espíritu con la esperanza. Ese río seguirá su curso y otros, seguramente que le fortalecerán al sentir que el agua nueva despertó la flor de la democracia asentada en el alma de los varones desde que vieron por primera vez la luz de un día opacado por las nubes borrascosas de la traición. Ese río, llegará hasta abajo, y los niños de mi pueblo jugarán felices con sus aguas; el maestro salvadoreño la tomará en el recipiente de su corazón y se las mostrará a sus amados discípulos diciéndoles que en cada uno de ellos se halla inmersa esa fuente de vida y patriotismo que es como una vibrante oración de libertad, de poder popular ingente y elegantemente soberbio; de esta emoción fecunda de seguridades eternas y alegrías que fortificarán la vida; y que la mujer que lava en sus aguas, remoje la ropa de sus hijos con el perfume de este inmenso amor a mi país, y de seguro, sus pequeños, olerán a verdad, justicia, libertad.
¡Ah! ¡Pueblo, gente de Dios y mía! ¡Levanta tus brazos contenidos, crispa los puños frente a la tormenta, toma en tu pecho una gran porción de aire fresco y forma con él, un poderoso grito que se escuche en las regiones mas oscurecidas por la ignorancia y di: BASTA…BASTA YA! Y aquel que haya estado aletargado por siglos, se despertará también preguntando: ¿Qué pasa, que sucede, quien me despertó de mi sueño? Se dará cuenta de que algo nuevo y primorosamente distinto flota en el ambiente y unirá su voz a la de cientos de miles hasta transformarse en otro grito que será mas que un bramido de rabia, celestial, gigantesco que hará temblar las carnes fofas de la satrapía que se esconderá, tratará en vano de huir, porque las manos de Dios lo atraparán para que se haga perfecta justicia. Porque has de saber, hermano gentil que bebes mis ideas, que no hay voz de exigencias más rica, colmada de bienes y fortuna, excelente, grande y magnífica, que la de un pueblo herido, hasta el hartazgo de tanta injusticia, impunidad, despojo y opresión.
Entonces, cuando esto suceda, morirán los silencios y la voz de mi amadísima república se esparcirá por toda la superficie de la tierra formando un canto de firmeza y trabajo positivo, de estudio constante y sincero, una melodía conformada con sed de conocimiento, única arma eficaz y contundente contra la cobardía humana, ésa que ha diezmado y destruido el sonido racional del concepto, de ese pensamiento emitido con valor y patriotismo por héroes eximios de la disciplina, enteros, sanos, reales conquistadores de independencias que sucumben, solitarios, y yacen soterrados en una espantosa mudez, por el temor, la amenaza criminal y la falta de ánimo y valor de quienes les convencen de apartarse del camino hacia la justicia y verdad so pena de sufrir tormentos eternos.
¡OH, que terrible silencio abate el alma ciudadana!
Por eso, de ahora en adelante, sin miedo, niño, ¡Habla!, di lo que piensas; y tu, anciano, ve hasta los polvorientos rincones de tu corazón y toma el instrumento con el que cantabas a la luna y haz vibrar de nuevo sus cuerdas para entonar, hoy, el himno a la vida, a la luz, a la patria y con tu voz, debilitada por el tiempo, exige, ordena, porque solamente los menesterosos callan, los que se conforman con las migajas que deja caer el amo de su mesa, porque has de saber que un conformista vano de estos, piensa que no tiene derecho a una exigencia.
Mira, tu, estudiante, obrero, empleado, mujer, madre, todos, a este mi pobre país, desangrándose, corrompido por la expresa complicidad extranjera perenne que no es mas que voracidad sin límite. Observa nuestros gobiernos impuestos por la ignorancia popular, caldo de cultivo del fanatismo que retrograda y obstaculiza el paso de la democracia. Las dotes de concordia, rebeldía sana y sensatez, deben prevalecer hasta en aquellos quienes tímidos, se asoman medrosamente a mirar este vastísimo incendio que nos destruye sin misericordia. Tu opinión, hermano, es un bloque mas en la construcción, un filoso cuchillo que corte las amarras en las manos de aquellos que desean hundirse nuevamente en la tierra para cultivar las flores de vida y libertad que tanto necesitamos. Y cuando vayas por los caminos de la Patria, enciende una llamita por doquier para que el mundo nos mire con claridad y se de cuenta de que somos amigos, hombres respetables que dicen verdades, que somos un ejército de amor genuino educado para el combate de la estulticia y cursilería afeminada del que imita, desaprensivo, que pretende parecer porque perdió su maravillosa identidad en los lodazales del ocio y del vicio.
Tú, empleado al servicio de nuestro pueblo, dispón de un momento para cantarle a la justicia y al trabajo sincero, sonríe siempre al hermano que te necesita y no permitas que se vaya con las manos vacías, porque dentro de tu corazón hay fiesta, patrimonios eternos de revolución civilizada. Dialoga con el viento, la nube y el mar y te llenarás de una fuerza interna, el caudal que precisa tu espíritu para emprender la marcha nueva hacia el horizonte que se perfila a lo lejos fundido con el cielo, para que sientas dentro de ti, la dignidad de ser el padre de una prole capaz de dar su vida por asegurarse un sitio de honor entre los hombres, un lugar fértil, libre de la permanente discordia con la razón pura, por un movimiento efectivo de unidad en el bien, por el beneficio de nuestros hermanos salvadoreños.
Es peculiar y muy significativa la pasividad popular que deja en manos de sus rectores las enormes tareas de la nación que bien podrían quedar sujetas a ciudadanos cuya dignidad, decoro y honestidad les impulsa por naturaleza al beneficio común; sin embargo
Copyright Dr. Alcides Caballero López 2007
19 Septiembre 2006.
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